Prohibir los toros

Un par de días después de la prohibición de las corridas de toros en mi tierra, me encontraba con otros dos amigos, catalanes como yo, en Murcia, en la casa de otros amigos comunes.
Mientras nos tomábamos una cerveza en su fabulosa terraza se me ocurrió criticar el hecho de lo negativa que veía yo dicha prohibición y automáticamente fui tachado de “pro” taurino. No les hice demasiado caso porque les tengo por inteligentes y pensé que lo hacían más por joder que por otra cosa. Pero esa situación me dio en pensar que otros muchos me hubieran tachado de estar a favor de los toros al hacer ese comentario, lo hubieran hecho de corazón sin plantearse el por qué de mi modo de pensar. Y ahí ya me pareció que debía argumentar un poco más mi negativa.
Lo primero que quiero exponer es el hecho de que me parece extraño que se prohíban las corridas de toros pero no se prohíban “els corre bous” ¿Es preocupación por los toros o por un extraño afán provinciano-nacionalista? Igual va a ser que la tortura catalana le sienta mejor al toro que la otra. Nunca he sido toro ni me han prodigado ninguna de las dos, lo cual me impide definir que caso es más cruento. Tal vez sea una simple maniobra política catalana, encubierta, para darle votos al PP cuando hagan sus campañas anti-catalanistas.
Al margen de estos pensamientos simplistas, lo que considero importante es el hecho de que se utilice la prohibición como medio para conseguir las cosas: Prohibir el burka, prohibir los toros, prohibir ir a más de 80 Km por hora… ¿Qué pude ser lo siguiente? ¿Prohibir los piercings? ¿Prohibir la ropa chillona o aprender búlgaro? He de reconocer que me preocupa esa afición por prohibir, es un modo tan sencillo de irnos condicionando, como al ganado cuando se le convence que las alambradas están electrificadas…
Pensad solo en lo que nos sucede a los catalanes en las carreteras. Toda una zona metropolitana, con unas redes viarias estupendas, en la que nos prohibieron ir a más de 80 Km hora. Nos lo creímos y ahí nos tienes como idiotas mirando el velocímetro en vez de al coche de delante. Unas autopistas fantásticas para ir a120 donde la prohibición se llama peaje (caro, por cierto), en las que somos capaces de hacer caravanas de treinta kilómetros, llegar al punto de pago y pagar como idiotas, en vez de obligar a que se levanten las barreras por incumplimiento de aquello por lo que pagamos, rapidez. Estamos completamente condicionados. Somos como los perros de Pavlov, nos tocan una campanilla y nos sentimos bien y felices. Pobres idiotas.
¿Qué vendrá después de las prohibiciones, obligaciones? Igual nos toca vestir de verde los viernes para que parezcamos más ecológicos. Igual nos vuelven a obligar a ir a misa o a aplaudir en los desfiles. Que tristeza.
Estoy totalmente desencantado. ¿No sería más sencillo educar. Conseguir que las personas pensaran por sí mismas con criterio, que fueran capaces de decidir sin trabas que prefieren que no sufran los toros a que sufran las personas. Que cada cual lidiara – buen símil – con su responsabilidad?
Es utópico pensar que lleguemos a ser distintos al dios americano en el que nos reflejamos más cada día. Pero permitidme que en mi sueño piense que sería bonito que se nos educara en la responsabilidad de la libertad y el respeto, más allá del provincianismo, el fundamentalismo religioso o el feroz y peligroso sentido de patria.
Hoy por hoy aún no nos han prohibido soñar. Soñemos pues.
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