El día a diario de Sísifo

Pensad en el pobre guerrero Sísifo. Debido a su astucia, los dioses le condenaron a subir una pesada piedra hasta lo alto de una montaña para, una vez cerca de la cima, hacer que esta rodara montaña abajo debiendo repetir el pesado e inutil trabajo una y otra vez hasta el fin de los días. Dura condena de los Dioses.

¿Qué hubiera pasado si se hubiera rebelado? Que hubiera decidido no repetir ese absurdo trabajo plantándole cara a los abyectos Dioses, que hubiera intentado negociar con ellos otro modo de aprovechar ese vano consumo de sí mismo. ¿Qué hubiera pasado si hubiera decidido que esos Dioses no eran tales sino un producto de la imaginación de los hombres? Hubiera conseguido liberarse de un plumazo de su absurda vida.

Aunque visto desde fuera pueda parecernos un castigo cruel, no podemos más que sentirnos identificados con él ya que es la vida que vivimos la gran mayoría de nosotros. Solo que en nuestro caso la piedra está sustituida por trabajos de mierda en los que no participamos sino como meras máquinas y los Dioses se llaman: multinacionales, patrias, empresarios, medios de comunicación de masas, consumo… Y nos dejamos envolver en trampas como las que proponía en la anterior entrada del blog. Trístemente para nosotros seguimos subiendo esa maldita piedra una y otra vez. La única diferencia es que en nuestro caso nos dan algunos caramelos para que nuestro desconcierto y conformismo sean mayores causando menos problemas.

Nos compran con salarios exiguos para que a su vez nosotros compremos sus productos en un intento de ser algo más de lo que en realidad somos: tristes peones del sistema, engranajes de una máquina brutal que nos posee y nos utiliza convenciéndonos de que eso no es así.

¿Qué pasaría si por un momento nos negáramos a participar en su juego más allá de lo estríctamente útil. Que en vez de creernos que somos unos pequeño-burgueses fueramos conscientes de lo que somos realmente? Si redujeramos nuestro consumo hasta lo estríctamente indispensable, si nos obligáramos a hipotecarnos lo menos posible ¿Qué pasaría con esos Dioses? No nos tendrían tan agarrados por donde nos cuelga y, lógicamente, disminuiría su capacidad de chuleo. Menos viajes lejanos y más paseos y lectura – otro modo de viajar – Menos coches imponentes y más vehículos pequeños y menos contaminantes. Menos televisión promotora de mundos utópicos y más charlas con amigos y gente querida. En suma, menos tener y aparentar y más ser y vivir. Pensando por nosotros mismos.

Son ideas utópicas, lo sé, pero como ya dije en entradas anteriores: Soñar aún es gratis.

Al menos hasta que nos pongan un lector cerebral conectado de manera inhalámbrica a sus redes. Entonces, las operadoras de datos nos cobrarán por consumo aún teniendo nuestros pensamientos controlados.

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