Visita del Papa a Barcelona 2

Nota preliminar
¿No os habéis preguntado nunca por qué esa manía de los últimos Papas de ir en contra de los designios de su jefe? Si yo fuera Dios y decidiera que era momento de que mi principal ejecutivo dejara la sucursal vaticana para traérmelo a la central divina, me tocaría bastante los omnipresentes cojones que me llevara la contraria. Porque no creo que se metan en la pecera para no coger frío. Pienso más bien que es para putear al jefe, cosa por otro lado la mar de loable.
Después de la nota, sigo. Parece ser que ya está diseñado el trayecto que seguirá la pecera papal con el tiburón dentro. Si bien las fuerzas de seguridad preferían un trayecto por la Gran Vía, calle de anchura recomendad y presentable a los ojos del mundo, parece ser que el arzobispado ha preferido que el trayecto se haga por Vía Layetana y la calle Marina. La decisión parece ser que tiene que ver con el hecho de que son calles más estrechas y eso hará que se dé una imagen de afluencia masiva.
¡Señores, seriedad! ¿Tan poca confianza tienen en los catalanes? ¿Tan poco creyentes nos ven? ¿Es que me van a dar la razón de todo lo que expuse en entradas anteriores, en vez de callarme la boca? Deben tener más fe en Dios, caballeros. Han de pensar que al igual que el resto de cosas, esta también ocurrirá bajo sus designios. ¿Y si sucede el milagro? Imagínense que a parte de la animalada de autocares que fletaran de allende las fronteras de Cataluña, no quiero saber con que dinero, se produjera un estallido de fe católica de los barceloneses. Cabría incluso la posibilidad de una debacle humana. No quiero ni imaginarme esas calles estrechas en las que millones de buenas gentes, despertadas en la fe, morían aplastadas como si fuera la Meca del otro Dios. La Sagrada Familia hundiéndose por no soportar el peso de los creyentes trepando por las torres. Las fuerzas de seguridad repartiendo a diestro y siniestro contra esas pobres almas iluminadas de repente por el Espíritu Santo.
Al final será que confían más en el Dios dinero que en el suyo propio. Al final será que con todas sus parafernalias, milagros y liturgias son todos más terrenales de que lo cabría suponer y prefieren actuar del mismo modo que hacen siempre. A escondidas, mintiendo y manipulando para llegar a lo que realmente les interesa: Poder, dinero y control. Que poco han cambiado.
Acabaré recordándoles unas palabras que hace una temporada larga decía Juan Ruíz, arcipreste de Hita, perteneciente a su gremio, en las que expone cuan alejados están del pensamiento del Cristo con el que se llenan la boca:
Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar; 
al torpe hace discreto, hombre de respetar, 
hace correr al cojo, al mudo le hace hablar; 
el que no tiene manos bien lo quiere tomar.
Aun el hombre necio y rudo labrador 
dineros le convierten en hidalgo doctor; 
cuanto más rico es uno, más grande es su valor, 
quien no tiene dineros no es de sí señor.
Si tuvieres dinero tendrás consolación, 
placeres y alegrías y del Papa ración, 
ganarás Paraíso, ganarás salvación: 
donde hay mucho dinero hay mucha bendición.
Yo vi en corte de Roma, do está la Santidad, 
que todos al dinero tratan con humildad, 
con grandes reverencias, con gran solemnidad; 
todos a él se humillan como a la Majestad.
Creaba los priores, los obispos, abades, 
arzobispos, doctores, patriarcas, potestades; 
a los clérigos necios dábales dignidades, 
de verdad hace mentiras; de mentiras, verdades.
Yo he visto a muchos monjes en sus predicaciones 
denostar al dinero y a las sus tentaciones, 
pero, al fin, por dinero otorgan los perdones, 
absuelven los ayunos y ofrecen oraciones.
Aunque siempre lo insultan los monjes por las plazas, 
guárdanlo en el convento, en vasijas y en tazas, 
tapan con el dinero agujeros, hilazas; 
más escondrijos tienen que tordos y picazas.
Dicen frailes y clérigos que aman a Dios servir, 
mas si huelen que el rico está para morir 
y oyen que su dinero empieza a retiñir, 
por quién ha de cogerlo empiezan a reñir.
En resumen lo digo, entiéndelo mejor: 
el dinero es del mundo el gran agitador, 
hace señor al siervo y siervo hace al señor; 
toda cosa del siglo se hace por su amor.
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