Cosas que decirle a Benedicto XVI

¿Qué le diría al Papa si pudiera? 
Buena pregunta para hacérmela a mí mismo: anticlerical confeso, antirreligioso practicante, hostigador hasta la saciedad de las aberraciones dichas y hechas por cada una de las tres religiones. Pienso que ahora mismo cambiaría el guión si pudiera hablar con él.
Si ello fuera posible dejaría de lado mis fantasmas cosmogónicos y mis críticas feroces en cuanto a la religión en sí para hablarle como a jefe de estado. Olvidaría las parafernalias litúrgicas en las que vive envuelto para imaginarlo humano y decirle:
“Un jefe de estado con un poder contrastado como el suyo debería mojarse, su santidad. Alguien que no solo tiene su poder en la Tierra sino que además dice seguir la doctrina de Cristo no puede quedarse impávido ante lo que está sucediendo y sucederá en el mundo en un futuro inmediato. Incluso Jesús, al que toma como guía, peleó cuando ello fue necesario. Cierto es que no lo hizo con violencia, las más de las veces, pero lo hizo desde la palabra y el ejemplo.
Olvide por un tiempo las pequeñeces que le turban la mente. Olvídese de preservativos, familias, beatificaciones, incluso le diría que deje de lado a los pederastas que se pasean entre su rebaño.
Déjelo todo, Pontífice, y reúna a sus cardenales y estos a sus obispos y estos a sus sacerdotes para que vayan a defender de una vez por todas a eso que se llama Humanidad y que nos contiene a todos sin excepción.
Si no lo hace por los que ahora estamos hágalo por los que vendrán, por los millones de niños que no llegarán a cumplir los diez años. Deje de lado el paraíso que obtendrán tras la muerte para evitarles el infierno al que unos pocos desalmados les han abocado”.
Podría decirle tantas cosas…
La lástima es que es imposible que la cabeza de la Iglesia, la persona que está directamente vinculada con ese Dios que se autoproclama verdadero, sea capaz de entender las necesidades humanas. Más atento a su negocio que a la brutal realidad que le envuelve. Más atento a cosas de cierta importancia sin prestarle atención a lo importante. Más entregado a reír las gracias del poderoso que a defender a aquellos que realmente lo necesitan.
Sacralice su santidad, sacralice. Después piérdase en palabras vanas y vacías sobre aquello en lo que ni creyó ni creerá jamás.
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