Las tradiciones

Empezaré diciendo que no soy demasiado amante de las tradiciones. No por ellas en sí, sino por lo que hoy en día contienen de mercantilismo y manipulación del pobre populacho del que formo parte.
No me extasío con el día de San Valentín, para mí es un día en el que se puede celebrar una matanza, pero más allá de ello no me sirve para confirmar el amor que siento por la amada que corresponda ni me veo en la necesidad de hacerlo público a través de una flor pagada a precio de heroína.
No me maravilla el día de Sant Jordi, a no ser por el hecho de que se pueden comprar libros con algún descuento.
He negado, y que Dios me perdone por ello ya que la familia no lo hace, mi participación en bodas, comuniones y bautizos; demasiada parafernalia, hipocresía y acercamiento a la Iglesia como para que me sienta identificado.
La Navidad me da grima, aunque debo aceptarla aunque solo sea por los más pequeños y los mayores. Hoy en día podemos darnos un banquete más a menudo de lo que necesitamos, reunirnos con la familia lo hacemos siempre que nos apetece y el nacimiento del Mesías me la trae al pairo.
Acepto a Papa Noel en detrimento de los Reyes Magos. Primero, porque fui niño y era doloroso dejar los juguetes dos días después de Reyes para ir al colegio, segundo porque me llevo mal con la Monarquía sea de donde sea.
La cuestión es que hoy es la noche de difuntos. En mi tierra siempre se ha celebrado preparando castañas y boniatos asados (me gustan las castañas y los boniatos), bebiendo vino moscatel (me encanta el vino en todas sus formas) y comiendo unas pastitas que llamamos “panellets” que no están nada mal para acompañar al vino. Pues ahora sucede que esta fiesta tan linda se está viendo solapada por otra de las miles de estupideces que importamos de papá EEUU, la llamada noche de Halloween. Y aquí me tienes aguantando que los “niños”, algunos de los cuales se la pelan más que los monos, vengan a llamar a mi puerta a decirme la tontería de – truco o trato – que, de entrada, vete a saber que coño  significa, y a tirar huevos a mi puerta por el mero hecho de no participar en su aberrante fiesta.
Imagino que su total gilipollez será genética. Imagino que sus padres deben pertenecer a una subespecie gilipollil en la que no es necesario hablarles a los hijos de la libertad o el derecho ya que por ser hijos de quien son pueden atribuirse cualquier potestad. Harían bien los abnegados papás en comentarles algo sobre eso, no vaya a ser que un día se encaprichen de una pobre chiquilla y se sientan con derecho de hacerle lo que les apetezca aunque la pobre no quiera.
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