Carta al Papa de Roma

Apreciada, santidad,
Son fiestas en mi pueblo. Sé que esto no le interesa lo más mínimo, lo mismo que a mí todo lo que hace y dice usted. Pero se da el caso de que gracias a estas fiestas he salido a dar un paseo vespertino y he visto algo que me ha hecho pensar en su constante malvivir. Esa es la razón de esta epístola hacia su persona, intentar mermar en lo posible su dolor por ciertos problemas del mundo. Como verá, no puedo sacudirme la base cristiana de mi educación.
Mi pueblo es pequeño y en él no se acostumbran a ver cosas como la explotación infantil, bien sea esta laboral o sexual. Tampoco se ve cómo los grandes y poderosos subyugan a los pobres hasta convertirlos en miserables que mueren de hambre, ni siquiera es habitual encontrarse con violencia de género. Aunque tengo claro que este tipo de problemas no le afectan a usted en absoluto. Son nimiedades al lado de lo que de verdad le preocupa y le quita el sueño que es a lo que voy.
La cuestión es que andando por la calle, no pude por más que constatar la ingente cantidad de cochecitos de bebé que frenaban el paseo tranquilo de aquellos que ya cumplimos con nuestros deberes genéticos. No me paré a contarlos, pero puedo confirmarle que había demasiados en relación al total.
Esta es la razón de estas humildes palabras, Tranquilizarle en este sentido. Duerma en paz ya que los humanos de a pie siguen reproduciéndose a pesar de la ingente cantidad de dispositivos contraceptivos que esta civilización enferma pone a nuestro alcance.
Por otro lado también querría tranquilizarle en lo relativo a la homosexualidad que a usted le causa asco y estupor. De los cientos de personas con las que me crucé solo encontré a dos del mismo sexo cogidas de la mano. Solo una pareja entre todo aquel mar de gente, santidad. Creo que la proporción es lo suficientemente pequeña como para que eso tampoco le quite el sueño. Aunque pudiera ser que hubiera más y no se atrevieran a demostrarse el cariño de manera tan obvia, no lo descarto. Nuestra sociedad es intolerante con todo lo que es diferente y le cuesta aceptarlo. Debe ser lo mismo que sus curitas pederastas, que también esconden sus “debilidades” como usted las llama. Aún y así pienso que puede dormir tranquilo, al menos en lo referente a mi pueblo.
Solo espero que estas palabras hayan conseguido mermar un poco su malestar.
Se despide, su más incondicional despreciador.
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