Cap. 3 – El casto sacerdote (Borrador)

El viaje de vuelta comenzó en silencio. Tanto el párroco como el monaguillo andaban en sus cavilaciones: El primero, sin dejar de imaginar la blancura, lo curvilíneo de las formas femeninas, el ébano blando y triangular descubierto al fin. El otro, en un extraño éxtasis, sentía aún leves pulsaciones de placer en su dolorido miembro. Tenía por toda la cara el mágico olor a mujer del que se había impregnado y sus manos le devolvían la grata geografía que habían memorizado.
Pasado un largo tiempo de silencio, Manuel, se decidió a hablar.
– Padre, ¿Por qué es pecado algo tan hermoso como lo que descubrí antes?
– No sé que responderte, hijo mío- empezó a hablar Serafín – Al igual que tú, hoy he descubierto una obra del Señor que desconocía en toda su belleza por más que siempre la intenté adivinar. No debes olvidar que quien te habla es un humilde pastor que tiene como misión cuidar a su rebaño y al que le son vetados los placeres de la carne. Más allá de eso desconozco qué designios del altísimo promueven que algo tan hermoso deba ser escondido.
– Es que no os podéis imaginar lo que era acariciar aquella piel blanca y suave padre Serafín. No sabéis lo que sintió mi mano cuando se introdujo entre las piernas de la novicia. Fue como…

– Para hijo mío – cortó Serafín – para y no regales a mis oídos con descripciones que no harán sino hacerme enfermar.
– Perdone usted, pero es el solo hecho de volver a recordarlo me pone en un estado de excitación que pensaba haber calmado.
– ¡Ay, Manuel! Esos con lo ardores de la juventud. Créeme si te digo que sé muy bien lo que sucede. He de confesarte que a mí me sucede algo parecido aunque deba acallarlo en soledad.
Mientras ellos andaban ellos en sus cavilaciones la novicia, recién descubierta mujer, hizo lo que por razones de su género hacen ellas. Contraviniendo las órdenes del confesor había marchado rauda a explicar su experiencia a otra novicia llamada Ángela, dos años mayor que ella. Escondidas en uno de los rincones del huerto le contaba del casto varón y de su cetro, cuasi espada, con el que había sido literalmente atravesada y que aquel ataque, lejos de provocar dolor, la había llevado a un éxtasis durante el cual le parecía haber visto a la Virgen y a los ángeles. La otra ardía en deseos de preguntar por detalles a medida que la primera explicaba su experiencia. Por esa razón, así que terminó el relato general se lanzó a preguntar.
– Pero qué cosas os hizo primero aquel santo varón para que sintierais esa maravilla que tanto os ha acercado al cielo.
La novicia, desconocedora de los nombres que contenía su geografía, neófita en las artes del amor, no tuvo más remedio que empezar a contárselo de modo gráfico.
– Se puso a mi espalda y deslizó su mano bajo el hábito de este modo…- Así que lo explicaba, su mano entró por debajo del de Ángela. – después empezó a tocarme desde las pantorrillas subiendo así…- y la mano repetía lo explicado pero de manera más perfecta y hábil, pues bien es sabido que del amor nacemos aprendidos. Simplemente existen los que se dejan llevar para degustarlo o los que, en aras de una moral enferma, enferman ellos mismos matando todas posibilidad de conquistar los placeres más supremos.
Las dos novicias iban reduciendo las palabras de la explicación, lo cual provocó que Ángela se fuera excitando más allá de lo tolerable y la novicia descubriera en otro cuerpo que llegar al cielo no era tan complejo como les contaban las escrituras o las normas de la Orden.
Había una sola cosa que la una no podía ofrecerle a la otra, la herramienta brutal del monaguillo. A pesar de ello ya dijimos que nacemos aprendidos para estos menesteres y a esa enseñanza primitiva se remitieron ambas para buscarle un digno sustituto al falo. Con la intimidad que daba el rincón en el que se encontraban no dudaron en desnudare la una a la otra y repetir en el otro cuerpo cada una de las caricias que les producían goce hasta que llegó un momento en el que Ángela, excitada por el saber hacer de su amiga, alumna aventajada en ese momento, y echada sobre su hábito, se abrió entera ante la novicia para que aquella viera por primera vez la flor que esconden las mujeres y que muchas no se miran por pudor. La curiosidad que sintió ante aquella maravilla, de la que incluso ella era poseedora aún sin saberlo, le hizo que acercara su cara para admirar más de cerca y sus manos para manipular su textura y sus formas recónditas. Mientras se hallaba entregada a esos menesteres pensó que Ángela también debería sentir su misma curiosidad. Por esa razón se montó contrapuesta sobre ella de manera que su sexo quedara ante su cara. Cuando Ángela descubrió frente a sí el mismo tesoro que ella estaba ofreciendo se incrementó su curiosidad y comenzó a hurgar con sus dedos, admirándose de la hermosa flor pulposa, húmeda, rosada y palpitante que se hallaba ante si. Llevada por la curiosidad y sin dudar acercó sus labios a ella comenzando a prodigarle besos. A cada uno de ellos el cuerpo entero de nuestra novicia respondía con un estremecimiento y un leve quejido que salía de su boca que se reflejaban en un incremento mayor de las caricias regaladas al sexo de Ángela. En su tálamo particular se besaron, se lamieron, se libaron la una a la otra y se hurgaron cada rincón de sus casi virginales sexos, hasta el enrojecimiento, casi hasta el dolor. Así fue como la una y la otra, escondidas de otras miradas curiosas, se fueron llevando hacia el mismo cielo entre suspiros, entre el reconocimiento de sus cuerpos, obra de Dios, que a partir de entonces amarían de otro modo.  
Mientras las novicias se entregaban a la adoración de Eros, Dios falso pero atrayente, nuestros protagonistas habían detenido el carro bajo la sombra de una hermosa higuera. De su diálogo no habían conseguido sacar nada en claro. Cada duda abría otras nuevas que el pobre Serafín era incapaz de explicar. El calor del mediodía, además, no incitaba a menesteres del pensamiento, más al contrario, convidaba a entregarse a los brazos de Morfeo y así lo hicieron.
Apenas quedaron dormidos el monaguillo se entregó a la placidez onírica que da la satisfacción de haberse liberado del peso del amor. No así el pobre Serafín, el cual se vio sometido de inmediato a extraños sueños que le desasosegaban. En ellos se le apareció la imagen de un ángel que le comenzó a hablar:
– Debes pensar de ti que eres digno de servir a Dios. Debes pensar de ti que el hecho de no conocer hembra te enaltece ante tu Señor. Nada más errado Serafín. – entonces el ángel levantó un dedo señalándole – Tú eres un pecador tan indigno como todo el que se entrega a los placeres de la carne. Tú lo eres tanto o más porque te entregas a la indignidad del pecado de Onán, a quien el demonio castigue.
Mientras el ángel así le hablaba, Serafín se veía a si mismo postrado de rodillas mirando al ángel, diciéndole que él no había pecado jamás con hembra ni con macho de ninguna especie. Llorando de impotencia.
Somos sabedores de cómo las gasta Dios. Para él, el desconocimiento del pecado no exime al pecador y le hace perder la virtud, del mismo modo que la pierde el ser más abyecto que se entregue a las peores maldades. Para aquello que no le gusta o atemoriza, Dios no se permite otra cosa que el castigo feroz. Así es su espíritu.
Entre esta ensoñación andaba, y era tal su desasosiego que terminó por despertar. Sudoroso y entre temblores. Pero mal le salió la maniobra al Altísimo si es que aquel sueño no fue tal sino un aviso. En cualquier otro caso y cualquier otro hombre, ese sueño hubiera significado una reconducción hacia la virtud y una entrega a la purga de los pecados cometidos, pero Serafín, nuestro casto párroco, vio en él la solución de todos sus males. Si tan pecado era gozar sin hembra como gozar con ellas, desde ese día sería el mayor pecador que pudiera esconderse bajo una sotana. Pensado esto, una sonrisa de satisfacción se dibujó en su cara y, sin despertar aún al monaguillo, su mente comenzó a trazar planes futuros.
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