EL COÑO (La palabra)

Qué queréis que os diga, soy un idólatra del coño.
Ya la misma palabra tiene todos los atributos para ser amada y respetada: Es bisílaba, razón por la cual es cómoda de usar. Sus vocales son oes, por ello es contundente en la voz y contiene la eñe, letra tan especial como el mismo objeto al que define. Vale, hay otras acepciones igualmente contundentes: potorro podría ser una de ellas, pero ya es más larga y menos combinable en el momento del amor, debéis reconocerlo. No es lo mismo estar postrado ante el objeto de devoción y decirle a su dueña “Que coño tan lindo tienes” que soltarle “que potorro tan lindo tienes”, donde va a parar. Las acepciones frutales o florales, por más que también mantienen cierta elegancia, no dejan de remitirnos a símiles referidos a forma, textura o suavización del nombre por miedo a reconocerle el suyo propio y apropiado. Las despectivas las obviaremos. No es este el lugar, ni yo de esos que le temen tanto que han de desprestigiarlo en aras de un falso “machismo” que se atribuyen sin tenerlo. Jamás me atreveré a mal nombrar esa parte cumbre de la anatomía femenina a la que me aboco como el mar a la playa.
Comentada la palabra pasaremos a describir al objeto al que se la asocia, al cual podemos idolatrar desde diferentes y variados puntos de vista. Lo que sí hemos de tener muy en cuenta es el hecho de que él, en sí mismo, tendrá o no la hermosura que se le atribuye en función de una proporcionalidad directa con el cariño y el deseo que le otorguemos a su poseedora. Esto es: Un coño hermoso, per se, pero propiedad de una por la que no sentimos deleite, mutará rápidamente en coño anodino. Por otro lado sucederá, y sucede, que si la mujer propietaria de tan útil complemento, es una por la que sentimos un deseo más allá de la virtud, su coño pasará a ser comparable al mejor y más hermoso Velazquez expuesto en la pinacoteca. Dicho esto y sujetos como estamos a una limitación en la extensión del texto, habremos, forzosamente, de simplificar las diferentes vertientes por las que deseábamos cantar sus excelencias y reducirlas a dos. A saber: morfología y utilidad.
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