De humanos a monstruos (2)

Uno lee las noticias que aparecen en los medios. Algunas son importantísimas por lo que pueden traer en un futuro próximo –La locura de Gadaffi o el miedo de EEUU a los internautas hispanos– o en un futuro lejano –Las tormentas solares o el hecho de que el núcleo de la Tierra gira más despacio– . Otras nos entretienen –La manipulación fotográfica del As– , e incluso las hay que nos ponen de mala hostia –El tripartito escondió estudios que desaconsejaban la gilipollez de los 80 Km/h–
Lo realmente fuerte es que de tanto en tanto aparecen cosas como esta:
Y a uno se le encienden todas las alarmas del odio, del desprecio, de la incredulidad.
Y uno vuelve a pensar, de manera recurrente, en los humanos y los monstruos; en el hecho de que hay infinidad de parejas, con condiciones sexuales diversas, que serían capaces de ofrecer todo el amor del mundo a niños que les son negados; en que nuestro sistema, tan burocrático y perfecto, hace aguas cuando no es capaz de “ver” la tortura sistemática a la que se sometió a esa pobre criatura desde los 2 a los 6 años sin tomar ninguna medida. Casi cinco años de golpes brutales en los que ni la escuela, ni las urgencias hospitalarias, ni la policía, ni los vecinos… nadie en suma, movió un dedo o no quiso darse cuenta de lo que sucedía. La gran suerte para ese niño ha sido quedar en coma irreversible. Digo suerte, porque a pesar de que ya no será nada, al menos ha dejado de sufrir.
¿Qué hará la Justicia ahora con esos monstruos? ¿Qué pena se le puede poner a quien entendiendo que aquel ser, tal vez por el hecho de no ser biológicamente suyo, es una propiedad más y se permite derramar sobre su frágil cuerpo toda su sed de sadismo?
Dudo que haya alguna explicación para ese comportamiento excepto aceptar que esa pareja forma parte de un inframundo pseudo humano. Unas vidas tan sumamente miserables que debían abocar toda su rabia sobre lo más indefenso que tenían a mano, su hijo adoptivo.
Evidentemente, dudo que haya una solución para esos individuos que no sea la de encerrarles de por vida en una cárcel y mezclarlos entre los presos comunes más peligrosos. Al menos esos serán los únicos capaces de aplicarles el código ético que se merecen. 
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