Nos toman el pelo

Uno lee los periódicos, ve los informativos, sale a la calle y observa. En todas partes lo mismo. Nos toman el pelo.
Todas y cada una de las decisiones que se toman desde cualquier estamento están destinadas a empobrecer a la clase trabajadora, esa clase mal llamada “media”. Pero el sistema es listo y nos sigue convenciendo de que somos “alguien”, que somos únicos e individuales. Mentira.
Se nos convence de que somos lo que tenemos, y para ello, todo el sistema económico nos incita al consumo a través de mecanismos que nos enseñan que la realidad es maravillosa si pasas por el aro de la aceptación, el consumismo y el pensamiento único. Mentira.
Es un lavado de cerebro destinado a tener una población sin criterio, ciega ante todo lo que sucede a su alrededor. Una población a la que se prepara ya en las escuelas a través de unos sistemas educativos que perdieron de vista la realidad hace muchos años y de los que nos hemos hecho cómplices cediendo en ellos la responsabilidad de educar a nuestros hijos.

Casi todo el mundo que conozco vive en el error más absoluto en lo relativo al ser y al tener. Las maravillosas campañas publicitarias nos han enseñado lo que podemos ser si tenemos tal o cual automóvil, si tenemos tal o cual aparato electrónico que nos mantendrá “conectado” al mundo; nos han vendido cuan jóvenes seremos usando unas cremas maravillosas que van desde la baba de caracol hasta la reconstrucción genética; nos han convencido de cuan perfecto será nuestro cuerpo si consumimos determinados productos lácteos… Y así una hora tras otra, un día tras otro.
Hemos llegado a aceptar, sin alarmarnos, publicidades vomitivas en las que aceptamos sonrientes la imagen de un pobre imbécil en calzoncillos tirando el cartón del papel higiénico por el inodoro en vez de reciclarlo. Aceptando, sin pestañear, la publicidad de una hamburguesa en la que se denigra a la mujer, convirtiéndola en un mero objeto por el que alcanzar el éxito económico. Nos han idiotizado, y lo que es peor: nos gusta. Nos mienten continuamente y hemos llegado a creernos todas las mentiras como si fueran un dogma.
Nos gusta tanto esa mentira que prolongamos ese falso estatus que nos da el tener en nuestros hijos: comprándoles infinidad de artículos que no son sino meras etiquetas publicitarias, enseñándoles que tener libertad es hacer lo que a uno le plazca; pensado que es bueno que sepan muchas cosas aunque nadie sepa para qué y dejándoles creer, pobres inocentes, que el mundo que heredarán es el que se ve en los anuncios. Mentira. Mentiras que han generado en nosotros esa estupidez supina que llevamos incrustada, y que nos impiden ver lo errados que estamos aceptando todo esto.
¿Qué hacer entonces? La respuesta más simple es la de pensar que la vida es así y que no tiene solución. Pues vale, como respuesta es correcta, al menos nos hemos mojado. Pero ¿Qué pasará si no ponemos soluciones a nuestro consumismo enfermizo? Eso lo comentaré en una entrada futura. Por el momento voy a ir por otros derroteros.
Está claro que nos manipulan y que lo hacen a través de nuestro endeudamiento para que acumulemos, la mayoría de veces, cosas prescindibles de dudoso origen. Está claro también que cada día valemos menos como mano de obra. Conclusión: nos tienen cogidos por donde duele. La mayoría de nosotros es casi seguro que ya no podrá escapar de las garras del sistema.
De otro lado vemos que la casta política vive con unas prebendas económicas vergonzosas por lo excesivas; que la casta empresarial (la mayoría, que siempre encuentras a alguien honesto) vive sin renunciar a nada pero a costa del asalariado (lo que hacían 4 lo pueden hacer 2 y cobrado menos); que la casta financiera vive en el Olimpo simplemente especulando, sin generar ni producir nada; que la casta eclesiástica continúa en su maravilloso mundo parasitario y dañino; que la monarquía borbónica seguirá reproduciéndose como si de un virus se tratara…
Al final nos damos cuenta de que apenas ha cambiado nada desde la edad media. Nos damos cuenta de que de un tiempo a esta parte hemos ido perdiendo más y más derechos laborales, libertades políticas, libertad de pensamiento. Y todo ello bajo un halo de mejora, de necesidad de hacerlo así porque es mejor para nosotros. ¿Mejor para nosotros? ¿A qué “nosotros” se incluye en ese conjunto? Tened claro que ese “nosotros” es un vulgar “ellos”. Los “nosotros” que pagaremos el pato somos pura escoria que solo les es útil para enriquecerse a nuestra costa.
Lo fácil, lo sencillo, sería salir a la calle y que empiecen a rodar cabezas. “Joder, Manel, que radical eres” pensará todo el mundo. Y es cierto, creo que esa solución debemos dejarla de lado pero sin olvidarla.
Lo que deberíamos hacer, aunque eso muy difícil, es intentar socavar el sistema a través de una revolución silenciosa: trabajar menos, ganar menos, consumir menos; para tener tiempo de leer más, pasear más, vivir más.
¿Pura utopía? Si, hasta que acabemos con los recursos naturales. A partir de ahí, tonto el último.
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