El Toro de la Vega, una reunión de valientes

Amanece un nuevo día en Tordesillas. Muchos de sus hombres, machos de pelo en pecho, apenas han dormido; excitados con la idea de que hoy, el día del toro de la Vega, saldrán a demostrarle al mundo entero y a sus hembras en particular, su valentía. Aunque lo que va a dirimirse en realidad es algo también muy español, aquello que se resume en “a ver quien la tiene más grande”: si las dos astas del toro, grandes como el falo de Rasputín o un número indeterminado de lanzas, largas como la espada del ángel que atravesó a Santa Teresa.
Puedo intentar hacer un ejercicio de empatía y ponerme en el lugar de ellos. Sentir como la testosterona resbala por todo su cuerpo mientras se dilatan sus pupilas y el corazón lanza litros de sangre a refrigerar el calentón. La adrenalina, alertando al valiente para que cada golpe sea certero. La lanza atravesando piel hasta chocar con el hueso y verse detenida; o mejor, penetrando vísceras y hundiéndose más y más profundamente. ¡Que momento hermoso!
Puedo imaginarme a sus hembras, embelesadas ante tamaña prueba de hombría. Convirtiendo cada lanzada en una metáfora de otra cosa, de otro acto tan carnal como éste. No estoy en sus cuerpos ni en sus cabezas, pero tanto para los unos como para las otras, aquello debe ser una imagen suprema del sexo al que aspiran y desean. No entendería tanta crueldad si fuera de otro modo.
Todo concluye cuando el más valiente de todos, el zamorano, pobre ignorante, le clava varias veces un destornillador en la testuz y todo termina para la pobre víctima. Ese acto, inmundo y vergonzoso para muchos que no somos tan machos, a que dudarlo, desata tantas endorfinas en el cerebro del valiente como gotas tienen los mares. Él, exhausto, sobrecogido, comenta que se pone en el lugar de Dios y le habla de tú a tú, tal como haría Cristo y se compara con Cristiano Ronaldo, por suerte para los grandes pensadores que nos ha regalado la Humanidad pues no quiero ni imaginarme que se hubiera comparado con Newton. Que tristeza.
¿Qué sucedería con esa turba, ciega de sangre, en otras situaciones?: en una guerra, violando en masa; en un interrogatorio dentro de una de las muchas cárceles clandestinas que pueblan el planeta. En una situación ideal en la que se les dijera “esta vez podéis sustituir al toro por un ser humano”. ¿Qué mecanismos se pondrían en marcha en esos cerebros? A partir de unos niveles de crueldad es difícil determinar quién sobrepasará la barrera del sadismo más terrible.
Por suerte para el toro, a los valientes de Tordesillas les falta oficio; tanto, que su agonía apenas ha durado unas horas. Si esos machotes estuvieran bien asesorados y aprendieran el oficio, podrían hacer sufrir a su víctima durante días, semanas, meses. Podrían hacer que deseara la muerte sin otorgársela. Bien asesorados, podrían realmente llegar a ser Dios.
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