Les nouveaux aimants

Era la primera vez que después de una agradable comida acompañada de un potente Ribera del Duero les dio por subir a la habitación de Lucas. Pudo ser por efecto del vino, por la más que cálida conversación o porque ambos deseaban que se llevara a término algo que anidaba en ellos desde hacía ya tiempo; el hecho fue que ante la naturalidad de la pregunta de Lucas “¿quieres subir a la habitación a echarte una siestecita conmigo?”, Lucia respondió con un sencillo “sí”.
Fue todo tan natural como entrar en la habitación, repartirse en las camas, ponerse cada cual enfrentado al otro, ofrecerse una cómplice sonrisa y dormirse placidamente. Los dioses tienen estas cosas, Eros permitió a Morfeo que ganara ese primer salto.
Lucas despertó antes que Lucia. Lo hizo sudoroso. El calor de mayo entrando por la ventana tuvo que ver en ello. Se levantó, fue hacia el baño, se quitó la ropa y empezó a darse una reconfortante ducha. Apenas había pasado un minuto Lucía despertó con un murmullo constante que se colaba en sus sueños, al principio no sabía que era, se sentía relajada, todavía saboreaba el vino que había tomado en la comida. Implacablemente, la realidad iba tomando forma a su alrededor, ahora ya identificaba el ruido del agua corriendo en la ducha. Un pensamiento le dibujó una sonrisa en la cara y se levantó. Lentamente, se dirigió al baño y se desnudó
–¿puedo ducharme contigo? –Dijo con voz insinuante.
Como única respuesta él le regaló una sonrisa y se apartó para hacerle un hueco. No hacían falta más palabras, un gesto y una mirada era suficiente para conseguir decirse multitud de cosas.
Se introdujo en la ducha situándose delante de Lucas y enfrentada al agua tibia que comenzó a acariciarle el cuerpo. Él tomó la esponja y después de derramar un poco de gel sobre ella empezó a enjabonarle la espalda, lentamente, bajando hacia las nalgas, deteniéndose a veces mientras le susurraba lo que deseaba hacerle.
Lucia no recuerda la última vez que se ha sentido así, no recuerda desde cuando deseaba ese encuentro, ha imaginado tantas veces como sería, pero ahora, bajo el agua de la ducha todo es diferente a como lo había soñado. Creía, inocentemente, que sabía como se iba a sentir, pero inexplicablemente, la realidad inicial supera con creces cualquiera de sus fantasías y ahora no quiere fantasear, sólo quiere concentrarse en esa mano que le está acariciando los tobillos.
Mientras esos pensamientos llenaban parte de su mente tomó la decisión, se giró para que él se enfrentara al pubis que le ofrecía casi insolente, como un regalo.
De todos es sabida la predilección que Lucas siente por el sexo femenino. La textura del pelo que lo envuelve y delimita en un triángulo que se le antoja perfecto, la maravillosa estética de sus labios relajados que con la caricia se ofrecen y se abren como las flores a la primavera, su olor, su sabor, la perla escondida que al contacto con la lengua ansiosa asoma para pedir más, para ofrecerse amiga a la caricia, la sima que lleva al origen y al lugar donde él desea volver y enterrarse.
Lucia le miraba sonriente dejándose hacer mientras Lucas, meticuloso, se entregaba a recorrer dulcemente su cuerpo. La esponja en la mano del brazo controlado por la mente de él recorría trayectorias cercanas al punto al que ella deseaba que llegase y así lo entendió la otra mano, lectora de sus pensamientos, que veía como el ansiado premio se le ofrecía expectante. Delicadamente, los dedos desaparecieron entre aquella exquisita calidez, acción que dibujó en el rostro de ella una anhelante sonrisa, producida en parte por el placer sentido y en parte por la dulce tortura que le provocaba Lucas al haber abandonado su pubis para seguir enjabonándola, muy despacito, alrededor del ombligo y subiendo hasta sus pechos. Pechos que lo esperaban ansiosos por la excitación.
En ese instante las manos de ella tomaron el sexo de él para acariciarlo suavemente tratándolo como si fuera un objeto frágil. En sus manos, lo que antes fue pene se convirtió en juguete, en un muñeco elástico que en sus manos crecía y se adaptaba a sus caricias, en un ser que ella abarcaba y encerraba entre sus dedos para transmitirle esa vida que solo la amante puede y sabe darle.
Fue entonces cuando se miraron y se dieron el primer abrazo, un abrazo corto e intenso que hizo que cada uno reconociera en su piel la piel del otro. Después vino el beso, el beso suave que fue convirtiéndose en beso saliva, dentellada suave y lengua curiosa. Fue el primer beso que desencadenó la inevitable explosión de besos que siguieron después, acompañadas de manos ciegas que perseguían reconocer al otro desde la piel y el contacto.
Húmedos, apenas sin secarse se fueron llevando el uno al otro hacia la cama que les esperaba vestida de blanco.
Si en ese momento cada uno de ellos pudiera leer la mente del otro verían que en ambos habitan los mismos temores. Los miedos que nacen del deseo de que el otro esté bien ya que ninguno de los dos piensa únicamente en si mismo. Y esto es así porque lo que los ha llevado a ese lugar no es solo la necesidad de calmar las ansias sino algo más, algo que va un paso más allá y que ambos persiguen encontrar en el otro a partir de cada uno. Aunque ellos aún no lo saben no tienen nada que temer ya que solo la entrega que pretenden regalarse es suficiente. Ninguno de ellos se encuentra ahí para el alarde sino para el goce del otro, para el reconocimiento y el homenaje del amante que aún no lo ha sido. Simplemente han de entregarse a la caricia como si el otro cuerpo fuera el propio, así de simple y así de complejo. Pero dejémosles a solas.
La tenía tendida de espaldas y Lucas estaba arrodillado a su lado. Se untó las manos de crema y comenzó a repartírsela desde ese centro maravilloso que es el ombligo, el lugar desde el que equidistan todas las maravillas. Sus manos trazaban círculos y elipses, figuras anárquicas que perseguían el goce de ella. Se movían suavemente tomando cada uno de los pechos que Lucia le regalaba y que se le escurrían como peces o bien se dejaban atrapar entre su vello púbico como en una red amable y atrayente.
Ella, con los ojos cerrados dejaba plena libertad a su mano para que aprendiera un poco más del cuerpo de Lucas y lo hacia acariciándole la espalda, las piernas, jugueteando con su sexo, que deseoso, se ofrecía a la caricia.
Iba cayendo la tarde mientras ambos se dejaban caer en los brazos de Eros, ahora sí, vencedor. Sucumbiendo al anhelo, dejándose vencer por la pasión y el contacto. Desde ahí el cielo, el conocerse íntimamente el uno al otro pero sin urgencia, como niños entregados al juego.
Lucas se permitía contarle en ese momento como eran sus pechos. Le explicaba de ellos que eran lomas coronadas por rosadas torres de defensa que él debía tomar luchando con las simples armas de sus labios, su lengua y sus dientes si quería deslizarse después por su valle hasta el sur. Una vez allí se dedicó a aprenderla, a sentir en sus labios cada latido de placer que surgía de cada caricia entregada con la boca la cual, a su vez, se alimentaba de la jugosidad más íntima de ella.
Mas tarde, Lucia, sobre él, se alimentaba de su hombría, tomándolo en sus manos, en su boca o llenándose de él. Cabalgándole lentamente mientras le miraba curiosa a los ojos. Se entregó al juego del dulce sufrimiento y así, mientras le miraba gestionaba el ritmo y la profundidad. Se llenaba de Lucas o se vaciaba totalmente en un juego atroz que mantenía a ambos en la frontera del no retorno, en el límite de la plácida y breve muerte de la que se renace limpio y renovado.
Después llegaron las sombras. La luna, aún no muy alta, rielaba sobre el agua y penetraba en la habitación para curiosear e inmiscuirse en la escena. Sobre la cama y acompañados por unas fresas maduras y una botella de cava, la pareja de amantes permanecían desnudos hasta en el alma el uno frente al otro mirándose y admirándose ya que el acto de la pasión aún les envolvía mientras la luna los bañaba acariciándoles para que la percepción fuera mayor.
En la penumbra se les podían ver sonrisas bobaliconas, miradas de deseo, hablando en voz baja y pasándose los dedos, el uno en la piel del otro como un ciego aprendería la forma y textura de una flor. Se prodigaban besos y salivas. Proseguían suaves intromisiones de las manos de uno en la intimidad del otro y lo que habitaba sobre todo lo demás era la calma y la lentitud. Si hubiera de venir la muerte seguro que no sería en ese momento. Desde los altavoces del ordenador seguía sonando “Past Ligth” y sus notas se derramaban enredándose entre ambos.
No sabemos si habían hecho realmente el amor o si habiéndolo hecho lo harían otra vez. Nadie puede reconocer en ese instante si es el preludio, el interludio o el epílogo de la pasión. Solo podemos percibir, mirándoles, que en ese momento un placer continuo rebosa de sus cuerpos despeñándose al suelo por entre los últimos pliegues de las sábanas.

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