El Amor y los pedos

El amor no es esa escena tan cursi del final de “Pretty Woman”. El amor tampoco es ese sexo voraz construido en primerísimos planos sudorosos de las películas americanas -modelo de castidad donde los haya- y que tanta envidia provocan (y alguna que otra lumbagia, no nos engañemos); ni tampoco lo es el suicidio romántico por perder al ser amado ni el “La maté porque era mía”. No, nada de eso puede llamarse amor. Podemos atribuirle otras nomenclaturas: enamoramiento, pasión, estupidez o posesión; pero no Amor. Ese sentimiento solo llega cuando la relación se mueve ya como el agua de una playa tranquila rompiendo sobre la fina arena a primera hora de la mañana.

¿Cómo llegamos a ese punto de inflexión, qué cosa es causa determinante de que el amor se ha asentado de modo firme en el  tálamo conyugal? Nadie se devane los sesos, hay muchas cosas que determinan la veracidad de eso que damos en llamar amor. Pero hoy referiremos una de ellas, la que yo considero más denostada aunque no por ello menos importante. Veamos.

A medida que se relaja el enamoramiento y la pasión, a medida que el otro se nos aparece más y más real, en el momento en el que el grado de confianza es suficiente, es cuando un individuo puede ofrecerle a su pareja un producto veraz, necesario y cotidiano de su fisiología; sus pedos.

Es ese un instante importante en la demostración del cariño, nadie lo olvide. Es cuando uno se muestra al otro en toda su humanidad miserable y cotidiana. Desde el momento de ese primer pedo podemos ver cómo se van al traste todas esas películas románticas y ñoñas en las que los protagonistas no van al baño ni tienen diarreas, ni caspa, ni granos, ni ropa interior manchada con residuos digestivos.

Ese primer pedo en presencia del amado es un reconocimiento total del amor de uno mismo y del alcance y asentamiento del cariño por parte del otro. Algo parecido a lo que un bebé hace cuando ofrece sus pañales sucios a sus papás.

Es un modo de verlo, también sé que habrá mejores ejemplos.

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Una respuesta a El Amor y los pedos

  1. Un pedo es igual a un ministro de hacienda con gafas.

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