El Gato Pianista y otras manipulaciones

Para ser sincero esta entrada se aleja un poco del cometido de este blog. Pero me gustó mucho cuando lo oí y además me sirve para explicar las posibilidades de las que dispone aquel que tiene “oficio”.

Primero os dejaré con la audición. Es una obra que suena bastante contemporánea, bastante desconocida también y cuya peculiaridad reside en el hecho de que el solista de piano es un gato. Sí, habéis leído bien, un gato. Disfrutadla. Mientas la escucháis pensad un poco en dónde está el truco. Cuando hayáis terminado os explicaré yo mi versión personal.

Está claro que el gato, los gatos en general, por sensibles que sean a la música no están dotados, al menos que se sepa, para la técnica musical y la idea de que el animalito esté sujeto por algún tipo de dispositivo creo que también podemos descartarla.

Qué nos queda entonces. Bien, dije que un gato no está dotado para la técnica musical, pero eso no implica que dicho animalito no sea sensible a las vibraciones de una caja de resonancia como la del piano. Cabe la posibilidad de que el animalito estuviera tan tranquilo jugando con las teclas y sintiendo lo que el movimiento de sus patas y cuerpo provocaban al moverse: vibración.

Para un músico, alguien que tenga oficio y conozca las posibilidades de la composición y la instrumentación, no sería demasiado difícil aplicar aquello que conocemos como “ingeniería inversa”. Habiendo grabado una breve sesión del gato “tocando” el piano, el músico construye sobre ella una instrumentación con una armonización acorde. Una obra musical en suma, en la que la improvisación gatuna, al sincronizarse su grabación con la interpretación de la orquesta, parece una perfecta interpretación.

¿Qué nos demuestra eso? Que en un caso extremo un artista puede llegar a “construir” la belleza desde actos puramente formales, sin complemento alguno de inspiración. Un buen profesional del Arte puede crear desde la frialdad más absoluta hasta manipular los más profundos sentimientos.

Es así como se construyen los Himnos, esas piececitas musicales capaces de exacerbar los sentimientos de los pueblos. Efecto extensible a disciplinas como la Literatura —las famosas odas de exaltación a las patrias o cualquier otra estupidez—, o a la pintura, la escultura, la arquitectura…

Todos y todo es manipulable desde un buen oficio. En la actualidad la Publicidad es, quizá, el ejemplo más claro de lo que digo. En ella se unifican todos y cada uno de los recursos disponibles para el engaño, desde la música hasta la elección de los colores, tonos de voz o palabras.

Por eso hoy en día no compramos productos, compramos cajitas de colores. Hoy ya no vamos a comprar una ropa o unos zapatos, nos acercamos a adquirir “marcas”. Ni nos compramos coches ni perfumes ni comidas enlatadas; nos acercamos a comprar falsas expectativas de futuro; irrealidades que un ingente grupo de profesionales nos han vendido como si nuestra vida dependiera de ello.

Somos almas crédulas que confían en la genialidad del gato por encima de la lógica del resultado de lo que vemos.

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