Los tesoros

Desde niños nos ha embriagado la imagen de un tesoro de piratas. Aquellos cofres repletos de monedas de oro, collares de perlas, joyas. Uno se imaginaba al pobre pirata retirado en la isla de Reunión con su fiel tripulación, entregado a los placeres de la carne y a beber ron hasta el fin de sus días.

Al crecer cambió en algo la forma del tesoro pero no su fondo. Ahora uno se imagina el tesoro como una lotería de seis dígitos. El empaque social de tener un coche más grande, una casa más grande, un televisor más grande, cualquier cosa grande más grande que la del vecino.

¿Me equivoco?

En realidad nadie nos explicó jamás qué es un tesoro. Nuestra generación nunca conoció la sustancia de la que están hechos. Todo nuestro conocimiento viene de los cuentos que nos contaron y de los cuentos que nos creímos.

Primo Levy nos explica en su libro “Si esto es un hombre” que cuando se hallaba preso en el campo de concentración nazi, aquel afortunado que tenía en su poder un trozo de alambre era rico, inmensamente rico ya que tenía un tesoro. Algo que le permitía atarse una bota destrozada o abrocharse un uniforme hecho jirones por el tiempo y el uso. Ese era un tiempo duro. Una época que desearíamos olvidar, aunque no debamos, en la que el mundo perdió la razón y se instauró la locura en nuestra especie. No intento con ello defender la barbarie, simplemente constato que dentro de la locura cualquier acto mínimamente racional es una excepción.

A día de hoy existen lugares donde un tesoro puede ser algo tan sencillo como el envase de plástico vacío que contuvo agua. Cualquiera de esos miles de envases que nosotros tiramos diariamente al reciclaje, los menos, o a la basura, los más.

En lugares como Burkina Faso, por poner un ejemplo, uno de esos molestos envases puede ser el contenedor donde poner el agua, puede ser el bol donde poner la poca comida que puedan llevarse a la boca, puede ser un solo zapato para que uno de los dos  pies no sufra tanto al andar sobre la tierra.

Según entiendo yo, esa es tristemente la verdadera sustancia de los tesoros que jamás nos contaron por irreverente.

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