El Toro y españa (encuentro de animales y bestias)

Amanece. La genuina casta hispana que dirime sus diferencias con faca reluciente y faja liada en antebrazo, apenas ha dormido. Se acostaron horas antes ahítos del alcohol que envalentona y cubrieron a  sus hembras para calmar las ansias. A pesar de ello se levantan con los cojones llenos, los cuerpos cavernosos henchidos de sangre y un regusto espeso y dulzón en el cielo de la boca, recuerdo del sacrificio ancestral de la sangre del débil.

Se presuponen dioses.

Salen a las calles, perniabiertos. Incluso de lejos sus hembras, excitadas y dispuestas, perciben el olor a macho que exudan desde el escroto para subir a través del perineo hasta la nuca.

Saben que hoy es el día.

El día de la sangre sin culpa.

de la lucha desigual entre morlaco y “hombre” (triste eufemismo).

Cornamenta contra lanzas, palos, fuego, chusma y turba.

Animal noble contra bestias voraces de sangre inocente.

Así, ataviados con todo tipo de pertrechos que escondan su realidad de machorros, atacan, lancean, golpean, clavan, hincan, agreden, escupen, tiran, agarran, desgarran, patean, gritan, berrean, vociferan… al pobre animal, carne ya muerta aún sin saberlo.

AFP PHOTO / Pedro ARMESTRE Detalle de las puntas de las lanzas que son utilizadas por los participantes en el Toro de La Vega para azuzar al astado.

En cada acción, en cada borboteo de sangre, en cada herida, en cada ataque, en cada impulso rabioso intentan enterrar sus miedos atávicos. En el dolor del noble toro vuelcan su realidad de cobardes, de pobres miserables, de nadies, ningunos, nadas, vacíos mentales e intelectuales. Mutación borde de un proyecto fallido.

De ser otro el lugar y la situación, esos pueblos, anclados en sus agujeros geográficos, serían semillero de nuevos “tchikatilos”, “EdGeines”, “Pirañas”. Serían buscados como interrogadores de la DINA, la STASI, la CIA; serían cantera de las SS, voluntarios de cualquier nueva cruzada sangrienta en el nombre de dios. Sádicos a sueldo al grito de “Santiago y cierra españa”.

Mas la fiesta sigue. La excitación sube, la adrenalina se dispara, los niños absorben absortos el saber único y visceral de sus mayores que tomarán para sí, para perpetuarse en la vacuidad hispana y católica heredada de la ruina humana que quedó tras echar a Almazor y a los judios.

Por fin brota la  sangre. Del costado, de la cara, del ojo reventado, del labio desgarrado, de los cuartos traseros, la espalda… Hay superficie donde dañar. Por un momento son Herodes, el sanedrín, los romanos golpeando cuarenta veces a un Cristo destrozado. Por un momento son el altar sacramental en el que ofrecer un corazón joven a dios. Y la sangre escupe lejos desde arterias cortadas. Sangre pura, pura fuerza, fuerza de miedo, miedo de animal acorralado que extrae de sí toda la valentía para no ser obsequio fácil ni de las bestias bípedas ni de los centauros locos bicéfalos. La vida del animal huye esa sangre, porque ella es más cobarde que el toro y le abandona.

El mundo anda teñido de rojo, rojo el suelo, animal rojo, y hasta los ojos de las bestias se han inyectado en ella pues reclaman babeantes el último hálito de su víctima. Es un momento sagrado, el instante de la suprema cobardía. Rodean al animal, nadie debe asistir a la ceremonia salvo los vaciados de humanidad y hombría. Tras un breve silencio estallan los gritos.

Un mozo mata a un astado en el torneo del Toro de la Vega. PACMA

Todo ha terminado

Ahora vendrá el ceremonial del macho sobre todos los machos machorros del pueblo. Aquel que levantará envidias. El Alfa entre Omegas. El tuerto entre ciegos. El nada entre los nadas.

Tras las últimas celebraciones se adormecerán de nuevo en sus covachas, su afán de macho languidecerá trescientos sesenta y cuatro días. En ese tiempo revivirán los sacrificios pasados y planificarán el sacrificio futuro.

Más allá de eso, Nada.

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