Concierto solidario y mala educación, rara mezcla

El otro día un grupo de entidades corales y jóvenes de distintos institutos decidimos subirnos al escenario del Ateneo de mi ciudad en un concierto solidario que pretendía recaudar fondos para construir una granja en un pueblo de Senegal. La sala estaba dividida en dos partes, una para público y otra reservada para los actuantes.

Hasta aquí nada extraño, en cada turno subía el grupo correspondiente al escenario, hacían su actuación, se les aplaudía, bajaban, presentaban al siguiente y poco más. Lo grave, lo realmente grave sucedía en el patio de butacas.
Y es que era completamente imposible disfrutar de las actuaciones. No había una manera razonable de admirar a unos jóvenes que salían al escenario con esa ilusión que solo se tiene en la adolescencia, cuando todavía la vida no te ha embrutecido. No cabía la posibilidad de disfrutar de los esfuerzos de las corales que desgranaban sus canciones, aprendidas con todo el esfuerzo.
A mis ojos no llegaba otra cosa que las llamaradas lumínicas de los teléfonos inteligentes —hoy falso signo de estatus del simple—, ni a mis oídos otras voces que no fueran las de todos aquellos a los que les importaba una soberana mierda lo que sucedía sobre el escenario. Era vergonzoso.
Pero con todo, lo peor no era eso, lo peor era que aquellas y aquellos que despreciaban a los que estaban sobre el escenario, los irrespetuosos, maleducados y narcisistas eran los que antes o después subirían al escenario.
¿Qué clase de criatura es capaz de una estupidez de ese tamaño? Está claro, aquella que no siente respeto hacia sí misma porque ha aceptado su papel de “cosa” y que, naturalmente, no va a sentir respeto por los demás; aquella que va un ratito a jugar a ser solidaria para engordar su ego; aquella incapaz de mirar más allá de su estúpido ombligo, epicentro vacío de su entorno narciso: la nena que me actúa hoy, el nene que me juega el partido, mi Paco que es el mejor y mi Maruja que aún está buena después de dos partos…
Lo pasé realmente mal, envuelto por móviles trabajando sin descanso, controlando a sus pobres mentes esclavizadas pero hiriéndome los ojos con su destello; aturdido por las voces de esos que entienden el mundo como el salón de casa y son incapaces de discernir si están en un concierto, en una sobremesa o con la pareja encima dándole al pistón. Tuve que levantarme e intentar huir a algún rincón desde donde disfrutar de las actuaciones. Imposible, estaba cercado por los maleducados.
Aun y así y a pesar del casi 40% de asistentes indignos, pues así son aquellos que no respetan a los demás, sigo confiando en los que todavía se sienten personas libres que se niegan a ser siervas y estúpidas. Pero eso sí, si no nos educamos todo serán batallas perdidas.

Por lo que pueda suceder, disfrutemos ahora de esta maravillosa versión de John Coltrane de uno de los temas que cantamos: “My Favourite things” del musical “Sonrisas y Lágrimas”.

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