Para qué sirve una mujer, se preguntan muchos todavía

Marie Skłodowska

Que nadie se piense que una cuestión como esta solo se la plantean criaturas como Alberto Ruíz Gallardón, sus allegados del Partido Popular y su Iglesia fundamentalista que lucha por mantenerlos en la poltrona. Preguntas así ya se las hacía hace años el zar Alejandro III (Quién sino un noble).

Estamos a finales del siglo XIX y Polonia pertenece a Rusia. A Alejandro, al igual que ha sucedido, sucede y sucederá con cualquier monarca, no le apetece fomentar la Cultura y la Educación entre la plebe, y si el género de dicha plebe es femenino, ni siquiera se le permite asistir a la Universidad. A ellas les está vetada.

En ese ambiente, casi tan misógino como el de la españa actual, nace, el 7 de noviembre de 1867, nuestra protagonista, Marie Sklodowska, .

Pero qué puede hacer una joven que tiene una curiosidad irrefrenable y a la que se cierra toda posibilidad de aprender para satisfacerla. No tiene más remedio que espabilarse, así que cuando termina la escuela secundaria, lo más alto a lo que puede aspirar en una colonia zarista, busca amigos y gente que le preste libros de Química y comienza a estudiar por su cuenta; además trabaja y ahorra lo que puede hasta conseguir suficiente dinero como para marchar a Paris. 

A diferencia de lo que sucede en países ignorantes e incultos, Francia no le cierra ninguna puerta. Puede matricularse en la Sorbona y estudiar todo lo que se le pone por delante. Lo hace hasta la extenuación, hasta conseguir ser la primera la de la clase.

Al margen de eso, su vida es parecida a la de muchas otras jóvenes: conoce a un muchacho, Pierre, investigador de cierta fama que trabajaba con su hermano; se casan (ella ya está haciendo el doctorado), consigue permiso en la universidad para trabajar junto a su marido y a los dos años nace su primera hija: Irene.

Cabría pensar que ya no le queda nada más para sentirse realizada. Pero es una Mujer con mayúsculas que no puede conformarse con el rol de “florero paridor” que tanto gusta a tantos hombres. Además se complementa a la perfección con su marido y colega. Poco a poco va demostrando tener tan grandes ideas que su esposo abandona los trabajos que había realizado hasta ese momento con su hermano y se centra en los trabajos propuestos por su esposa. Trabajan apenas sin medios y en solitario. Y al final todo su esfuerzo tiene su fruto y llega la fama. 

Es evidente que nuestra protagonista, Marie Curie, nunca tuvo, ni tendrá, la fama de los grandes futbolistas, o de las “pícaras” arribistas que pueblan los programas de las televisiones berlusconianas, o de esos políticos corruptos que venden a su misma madre por dinero o poder. Ella solo pasará a la Historia por haber presentado una de las tesis doctorales más grandes jamás expuestas; por haber sido la única persona (¡Y mujer!) en ganar dos premios Nobel, uno de ellos compartido con su esposo y por haber educado a una hija que ganó otro premio Nobel. Y eso que solo fue una Mujer, inmigrante, esposa y madre.

Murió en 1934 víctima de una leucemia provocada por la continuada exposición a la radiación. Ese mismo año Joaquín Rodrigo recibía en el Círculo de Bellas Artes de Valencia el primer premio por su poema sinfónico “Per la flor del lliri blau”.

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