Alfonso Grau, la chulería de un macarra despreciable

Cuando un cargo público, pagado con el dinero de todos, se  permite salir en los medios de comunicación para, en lugar de disculparse y enfrentarse a la verdad, arremeter contra la prensa como lo haría un vulgar macarra, es evidente que en ese país se ha perdido todo vestigio de Dignidad.

 

No sé cuál pueda ser el sentir de otros, lo que es a mí, que un cargo «público» —alguien a quien nosotros, los ciudadanos, pagamos el sueldose presente en una rueda de prensa como si fuera Al Capone, sabedor de que su poder está por encima de la Justicia, de la Decencia y del Respeto a los demás, me produce una serie de sensaciones contradictorias.

La primera, ineludible, es que me asoma esa alma, también casposa, de los «Antonio Recio, no limpio pescado» y desearía poder desearle una “muerte entre terribles sufrimientos”. Pero claro, uno no está educado como ese gánster de vodevil y al momento aparco la idea, no vaya a convertirme en él.

La otra es de indignación, ¿cómo es posible que se haya votado a gentuza como esa? ¿Cómo puede ser que esa criatura salga en los medios a escupirnos a la cara y después se vuelva a su casa con el orgullo de plastilina de un don nadie con corbata? Pero al rato me calmo. Tiene una explicación. Vivimos en españa, un triste país construido desde, con y para la Corrupción.

Por eso es normal que un tipo, como si de un macarra de putas viejas de mi infancia se tratara, salga a chulearle a los periodistas y a mentirnos a todos en la cara como si por alguna razón divina estuviera más allá del bien y del mal.

Pero claro, ¿quién va a pararle los pies? Si todos y cada uno de los miembros de esta oligarquía de ignorantes, perpetuados desde los reyes católicos, son producto de la misma inutilidad genética: criaturas que se atragantan de eucaristías mientras adulan a los reyes y a todo el que  les retiña ante los oídos una bolsa con 30 monedas de plata.

Pero nada puede hacerse mientras vivamos anclados en la Edad Media y mientras aceptemos ser siervos que bajan la testuz ante un impresentable, maleducado, machorro y simplón al que, para colmo, pagamos.

Solo el día que antepongamos nuestra Dignidad por delante de la indignidad de esas criaturas aberrantes seremos capaces de ponerles en el lugar que les corresponde: la Nada.

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