Ser ignorante no es delito, ni es pecado mentir (artículo de Manuel Saco)

Un articulo de obligada lectura escrito por Manuel Saco para eldiario.es

Una de las características más notables de la política es que no se necesitan habilidades ni conocimientos especializados para alcanzar el poder. Ni siquiera un miserable examen psicotécnico. Resulta inconcebible que un ignorante pueda estar al frente de un equipo de cirujanos en un trasplante de hígado, o que el estudio de la resistencia de materiales de un futuro puente colgante haya sido encargado a un albañil, o que el análisis de las perspectivas de comportamiento de la prima de riesgo se encomiende al vidente Rappel. Sin embargo la prosperidad de todo un país puede ponerse en manos de un incompetente con el único requisito de que haya sido elegido por mayoría, al igual que las asociaciones de padres de alumnos norteamericanos pueden exigir por mayoría simple (de simpleza) que se enseñe en la escuela a sus hijos la teoría del creacionismo que se opone a la teoría científica de la evolución de las especies. Es la verdad obtenida por mayoría. Esa es la esencia de la democracia.

El intrusismo profesional está condenado por ley, para defendernos de falsarios cuya incompetencia podría arruinar nuestras vidas. Pero el intrusismo político no, porque por definición, y a falta de una carrera universitaria al respecto, un político es un intruso al que no se le exige ningún conocimiento específico para el cargo que va a ocupar, pero al que, si aprueba en las urnas, le otorgamos el poder suficiente para, por ejemplo, definir nuestro sistema sanitario, la cobertura social de los parados, o las materias que han de estudiar nuestros hijos en las escuelas. Antes de ser elegido, el postulante asegura, ante el tribunal de los votantes, que atesora suficientes conocimientos como para solucionar el paro en cuarenta y cinco días, rebajar las listas de espera sanitarias a treinta, y dejar la prima de riesgo a niveles de ensueño. Y aunque a posteriori se demuestre que se trataba de un impostor, que políticamente no era cirujano, ni ingeniero, ni vidente, es prácticamente imposible llevarlo ante los tribunales, porque ser ignorante no es delito, y porque mentir no es pecado.

Si repasamos nuestro consejo de ministros, acabamos preguntándonos qué hemos hecho los españoles para merecer esto. Si aquello, más que un gobierno, no parece un altar, una capilla, una iglesia. Y, lo que es peor, comprobamos que, a falta de preparación más específica por parte de los allí congregados por Mariano, se confían las soluciones imposibles de la cosa pública a un dios uno y trino (¡me encanta eso de uno y trino!), sobre todo a uno de ellos, el tercero, el que hace de hijo, inmolado en la cruz, y a su madre todavía virgen después del parto, además de a una corte celestial de santos entre los que brilla el marqués San Josemaría Escrivá, el fundador de la secta secreta del Opus Dei.

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