Ejército, asesinos legales entre la Cultura

Ante todo decir que suscribo totalmente las palabras de Ada Colau. Es una mujer de gran inteligencia y sabe que no es nada normal mezclar a los asesinos legales uniformados, conocidos por todos como ejército, con la Cultura. Sería como montar un stand de adoradores del diablo en una feria de imaginería católica.
Pero ellos, nuestro ejército, un ejército que es famoso por no haber ganado una batalla fuera de españa mientras a masacrado a sus compatriotas dentro de ella, se permiten pasear cada año por el Saló de l’Ensenyament (Salón de la Enseñanza) de Barcelona, mi ciudad. Y eso me ha llevado a pensar un poco sobre el tema y querría dar mi opinión al respecto.

masacre mailai

Masacre de Mai Lai por parte de soldados norteamericanos sobre población civil


¿Qué perfil y cualificación deben tener los integrantes de cualquier Ejército para poder funcionar de manera eficiente? Está claro: ser despiadados, sin empatía, con tendencias sádicas, sin demasiada capacidad crítica y una alta dosis de servilismo para ser adoctrinados. Porque lo que necesita un ejército es a asesinos despiadados, pues su negocio, aquello que los encumbra, cuestiona o elimina, es su capacidad de matar sin mirar a las víctimas.

EL buen soldado es aquel capaz de asesinar fríamente a niños, violar a mujeres, matar ancianos, y quien no sea capaz de eso, sin deseos de descerrajarle un tiro a sus mandos, ametrallar a sus compañeros o suicidarse, jamás será un buen soldado.
Ahora ves a esos fabricantes de asesinos en el saló de l’Ensenyament de Barcelona captando a jóvenes. Ofreciéndoles la carrera militar como una salida airosa en la que labrarse un futuro. Mintiéndoles a ellos (y a las pobres mentes simples) con películas de buenos y malos, con cuentos en los que el soldado salva en vez de masacrar. Pero la realidad de un ejército es otra. Porque a los soldados se les mantiene y adoctrina para la guerra, el acto más cruel con el que se han destruido, destruyen y destruirán a millones de jóvenes que podrían dar lo mejor de sí mismos.

Sentí un verdadero placer al machacar aquella cabeza negra. Vivía a todo tren, putas, cocaína, poder matar con patente de corso”. (…) “Sí, nunca nos faltan las drogas, ¿queréis alguna vosotros o qué? Jajaja.”

(Soldado mercenario en el Congo)

Sedantes, antidepresivos, heroína, metanfetamina, cocaína… ninguna droga debe faltar jamás a los soldados en tiempos de guerra. Quien no era un asesino, lo será, quien no tuviera tendencias sádicas, las adquirirá, aquel que albergaba algo de humanidad en su interior, la perderá.
Es el negocio redondo de quienes mueven los hilos de sus marionetas: utilizan la sangre de los jóvenes para que eliminen a aquellos que frenan su afán de lucro (también pobres jóvenes engañados); y para que se maten, ponen en sus manos armas que les reportan pingües beneficios; y para eliminar toda capacidad de raciocinio, les suministran drogas, fabricadas legal o ilegalmente, que también reportan ingentes cantidades de dinero. Terminada la conquista van los amos, los salvapatrias, esos que se llenan la boca de banderas e himnos, a expoliar todo lo que pueda tener un valor: Arte, metales, agua, puertos, geografías estratégicas, canales, mares… todo es bueno si lo que se persigue es riqueza y poder.
Después tocará reconstruirlo todo. Será necesario enviar a las multinacionales de la construcción, de las que también forman parte, para reconstruir lo que la Maldad (siempre de los otros) ha destruido. Pero para ello es necesario prestar dinero, ese dinero que solo unos pocos fabrican y distribuyen en función de lo deseos de esa minoría.
Es el negocio de todos los negocios, porque mientras esa minoría se ha enriquecido hasta la indecencia y los militares de rango se han repartido medallas y galones, la única pérdida que se percibe son los miles, millones de soldados y civiles que se pudrirán en cualquier rincón. Sangre inocente que jamás gana porque no es capaz de comprender el alcance de la maldad.
Maldad que se magnifica cuando habita bajo un uniforme. Maldad que se permite pasear de forma chulesca por un espacio que debería ser de cultura y que se prostituye y pudre con su sola presencia.

BONUS

 

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