Hombrecitos en los cojones (Origen del pecado original)

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La palabra código proviene del latín caudex, que era la médula del tronco de un árbol en la que los escribas grababan sus escrito. Pero en aquellos tiempos, a pesar de conocer la palabra, nadie concebía la idea de código genético. El ser humano no paraba de preguntarse aquella letanía tan infantil del “De dónde vienen los niños”.
El primero del que tenemos noticia que formulara una teoria fue Pitágoras, célebre geometra medio místico que vivió hace unos 2500 años. Para explicar el parecido entre padres e hijos propugnó que la información hereditaria se hallaba en el esperma masculino. Dicho esperma recorría el cuerpo del hombre recabando datos a través de la absorción de vapores místicos de cada una de sus partes. Luego esta información se transmitía al cuerpo femenino con la eyacualción tras el coito para, una vez allí, madurar a través de la alimentación de la madre.
Bien, como teoría no está mal. Sobre todo si contamos con que entonces no había wikipedias ni libros del doctor López Ibor.
Pasada una temporada llegó Aristóteles y desmanteló sistemáticamente la teoría pitagórica de la herencia. En la suya rechazaba de plano que la herencia viniera solo del padre. A poco que uno se fijara, era evidente que los hijos también heredaban características de las madres y los abuelos. De políticos corruptos, nacían hijos que serían corruptos. Tanto el uno como el otro envian información al nuevo ser.
Aristóteles nos decía que el varón no pasa matería, sino mensaje. El plano del edificio, por poner un símil. Y que el semén de la hembra suministra la materia física que necesitará el feto. Lo que equivaldría al cemento, la madera o los ladrillos para ejecutar el plano del futuro ser.
Sí, Aristóteles, como en otras muchas cosas, estaba equivocado con su teoría del “material” y el “mensaje”, pero había captado lo esencial de la transmisión de la herencia: la transmisión de la información.
Llegados a este punto, y pensando que andamos allá por el siglo XV – XVI y que quedaba aceptado la transmisión de una “herencia”, era necesaria una teoría que lo explicara de algún modo.

Vete a saber si fue porque Europa estaba sumida en la absurda teocracia, pero los sabios usaron toda la inventiva posible para lanzar un razonamiento que explicara la herencia sin código. Fue la siguiente:
El esperma contiene, en sí mismo, un mini ser humano, un hombrecillo chiquitín completamente formado, encogido y apelotonado como juguete de huevo kinder. Mini humanos que después, en el vientre de la madre, crecerán hasta alcanzar el tamaño suficiente como para putearlas en el momento del parto.
Hubo muchas variantes de esta teoría. En la Edad Media había que echarle inventiva a la mierda de vida que ofrecía la teocracia. Hasta Paracelso, el papá de la Medicina occidental, planteó que si se cogía esperma, se lo calentaba con estiercol de caballo y se le enterraba en barro durante cuarenta semanas —tiempo de una gestación normal—, crecería hasta convertirse en un ser humano, aunque con algunas características monstruosas (ahora ya sabemos cual es el linaje de todos esos políticos corruptos y criminales que copan la Derecha política).

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Pero no nos desviemos del tema. Lo peculiar de esa idea, que se conoce como «preformación», era que se la entendía como recursiva, hasta el infinito. Si cada homúnculo debía madurar para generar sus propios hijos, significaba que cada homúnculo necesitaba haber preformado sus propios homúnculos en su interior —lo mismo que sucede con las matriuskas—. Y lo mismo que los cojones albergaban hombrecillos del pasado, así también contenían a todos y cada uno de los seres humanos del futuro, hasta el fin de los días.
Como cuento es lindo. A mí, al menos, me lo parece. Pero contiene una última cosa muy divertida. Si la preformación era recursiva, eso significaba que alcanzaba hasta el primer hombre sobre la Tierra. Ergo: en todos lo cojones anidaba un Adán imbécil que se lanzó a comer sin pensar en la hijoputez de Dios…
¿Habéis caído en el detalle? La mayoría no. A mí me pasó lo mismo.
Adán cometió el primer pecado: nada menos que pasarse por el forro una orden directa del Jefe. Por tanto, si todos los hombres llevábamos a Adán en los cojones, es de lógica que todos nazcamos con el pecado que él cometió.
La conclusión es simple: vivimos en un tiempo en el que sabemos muchísmo de genética y de personajillos de Gran Hermano, pero vamos alegremente a las iglesias a gastarnos una pasta para que al chiquillo le limpien los cojoncitos de un pecado que nació a partir de una teoría tan loca como estúpida. Eso sí, la que no da puntada sin hilo si con ello ha de sacar tajada, esa es la Puta de Babilonia, más conocida como iglesia católica.

Información extraída de este libro

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